viernes, 27 de julio de 2012

Mas Alla

Yo estaba desesperada -dijo la voz-. Mis padres se oponían rotundamente a que tuviera amores con él, y habían llegado a ser muy crueles conmigo. Los últimos días no me dejaban ni asomarme a la puerta. Antes, lo veía siquiera un instante parado en la esquina, aguardándome desde la mañana. ¡Después, ni siquiera eso!
Yo le había dicho a mamá la semana antes:
-¿Pero qué le hallan tú y papá, por Dios, para torturarnos así? ¿Tienen algo que decir de él? ¿Por qué se han opuesto ustedes, como si fuera indigno de pisar esta casa, a que me visite?
Mamá, sin responderme, me hizo salir. Papá, que entraba en ese momento, me detuvo del brazo, y enterado por mamá de lo que yo había dicho, me empujó del hombro afuera, lanzándome de atrás:
-Tu madre se equivoca; lo que ha querido decir es que ella y yo -¿lo oyes bien?- preferimos verte muerta antes que en los brazos de ese hombre. Y ni una palabra más sobre esto.
Esto dijo papá.
-Muy bien -le respondí volviéndome, más pálida, creo, que el mantel mismo-: nunca más les volveré a hablar de él.
Y entré en mi cuarto despacio y profundamente asombrada de sentirme caminar y de ver lo que veía, porque en ese instante había decidido morir.
¡Morir! ¡Descansar en la muerte de ese infierno de todos los días, sabiendo que él estaba a dos pasos esperando verme y sufriendo más que yo! Porque papá jamás consentiría en que me casara con Luis. ¿Qué le hallaba?, me pregunto todavía. ¿Que era pobre? Nosotros lo éramos tanto como él.
¡Oh! La terquedad de papá yo la conocía, como la había conocido mamá.
-Muerta mil veces -decía él- antes que darla a ese hombre.
Pero él, papá, ¿qué me daba en cambio, si no era la desgracia de amar con todo mi ser sabiéndome amada, y condenada a no asomarme siquiera a la puerta para verlo un instante?
Morir era preferible, sí, morir juntos.
Yo sabía que él era capaz de matarse; pero yo, que sola no hallaba fuerzas para cumplir mi destino, sentía que una vez a su lado preferiría mil veces la muerte juntos, a la desesperación de no volverlo a ver más.
Le escribí una carta, dispuesta a todo. Una semana después nos hallábamos en el sitio convenido, y ocupábamos una pieza del mismo hotel.
No puedo decir que me sentía orgullosa de lo que iba a hacer, ni tampoco feliz de morir. Era algo más fatal, más frenético, más sin remisión, como si desde el fondo del pasado mis abuelos, mis bisabuelos, mi infancia misma, mi primera comunión, mis ensueños, como si todo esto no hubiera tenido otra finalidad que impulsarme al suicidio.
No nos sentíamos felices, vuelvo a repetirlo, de morir. Abandonábamos la vida porque ella nos había abandonado ya, al impedirnos ser el uno del otro. En el primero, puro y último abrazo que nos dimos sobre el lecho, vestidos y calzados como al llegar, comprendí, marcada de dicha entre sus brazos, cuán grande hubiera sido mi felicidad de haber llegado a ser su novia, su esposa.
A un tiempo tomamos el veneno. En el brevísimo espacio de tiempo que media entre recibir de su mano el vaso y llevarlo a la boca, aquellas mismas fuerzas de los abuelos que me precipitaban a morir se asomaron de golpe al borde de mi destino a contenerme... ¡tarde ya! Bruscamente, todos los ruidos de la calle, de la ciudad misma, cesaron. Retrocedieron vertiginosamente ante mí, dejando en su hueco un sitio enorme, como si hasta ese instante el ámbito hubiera estado lleno de mil gritos conocidos.
Permanecí dos segundos más inmóvil, con los ojos abiertos. Y de pronto me estreché convulsivamente a él, libre por fin de mi espantosa soledad.
¡Sí, estaba con él; e íbamos a morir dentro de un instante!
El veneno era atroz, y Luis inició él primero el paso que nos llevaba juntos abrazados a la tumba.
-Perdóname -me dijo oprimiéndome todavía la cabeza contra su cuello-. Te amo tanto que te llevo conmigo.
-Y yo te amo -le respondí-, y muero contigo.
No pude hablar más. ¿Pero qué ruido de pasos, qué voces venían del corredor a contemplar nuestra agonía? ¿Que golpes frenéticos resonaban en la puerta misma?
-Me han seguido y nos vienen a separar... -murmuré aún-. Pero yo soy toda tuya.
Al concluir, me di cuenta de que yo había pronunciado esas palabras mentalmente pues en ese momento perdía el conocimiento.
***
Cuando volví en mí tuve la impresión de que iba a caer si no buscaba donde apoyarme. Me sentía leve y tan descansada, que hasta la dulzura de abrir los ojos me fue sensible. Yo estaba de pie, en el mismo cuarto del hotel, recostada casi a la pared del fondo. Y allá, junto a la cama, estaba mi madre desesperada.
¿Me habían salvado, pues? Volví la vista a todos lados, y junto al velador, de pie como yo, lo vi a él, a Luis, que acabada de distinguirme a su vez y venía sonriendo a mi encuentro. Fuimos rectamente uno hacia el otro, a pesar de la gran cantidad de personas que rodeaban el lecho, y nada nos dijimos, pues nuestros ojos expresaban toda la felicidad de habernos encontrado.
Al verlo, diáfano y visible a través de todo y de todos, acababa de comprender que yo estaba como él: muerta.
Habíamos muerto, a pesar de mi temor de ser salvada cuando perdí el conocimiento. Habíamos perdido algo más, por dicha... Y allí, en la cama, mi madre desesperada me sacudía a gritos mientras el mozo del hotel apartaba de mi cabeza los brazos de mi amado.
Alejados al fondo, con las manos unidas, Luis y yo veíamos todo en una perspectiva nítida, pero remotamente fría y sin pasión. A tres pasos, sin duda, estábamos nosotros, muertos por suicidio, rodeados por la desolación de mis parientes, del dueño del hotel y por el vaivén de los policías. ¿Qué nos importaba eso?
-¡Amada mía!...-me decía Luis-. ¡A qué poco precio hemos comprado esta felicidad de ahora!
-Y yo -le respondí- te amaré siempre como te amé antes. Y no nos separaremos más, ¿verdad?
-¡Oh, no!... Ya lo hemos probado.
-¿E irás todas las noches a visitarme?
Mientras cambiábamos así nuestras promesas oíamos los alaridos de mamá que debían ser violentos, pero que nos llegaban con una sonoridad inerte y sin eco, como si no pudieran traspasar en más de un metro el ambiente que rodeaba a mamá.
Volvimos de nuevo la vista a la agitación de la pieza. Llevaban por fin nuestros cadáveres, y debía de haber transcurrido un largo tiempo desde nuestra muerte, pues pudimos notar que tanto Luis como yo teníamos ya las articulaciones muy duras y los dedos muy rígidos.
Nuestros cadáveres... ¿Dónde pasaba eso? ¿En verdad había habido algo de nuestra vida, nuestra ternura, en aquellos dos pesadísimos cuerpos que bajaban por las escaleras, amenazando hacer rodar a todos con ellos?
¡Muertos! ¡Qué absurdo! Lo que había vivido en nosotros, más fuerte que la vida misma, continuaba viviendo con todas las esperanzas de un eterno amor. Antes... no había podido asomarme siquiera a la puerta para verlo; ahora hablaría regularmente con él, pues iría a casa como novio mío.
-¿Desde cuándo irás a visitarme? -le pregunté.
-Mañana -repuso él-. Dejemos pasar hoy.
-¿Por qué mañana? -pregunté angustiada-. ¿No es lo mismo hoy? ¡Ven esta noche, Luis! ¡Tengo tantos deseos de estar a solas contigo en la sala!
-¡Y yo! ¿A las nueve, entonces?
-Sí. Hasta luego, amor mío...
Y nos separamos. Volví a casa lentamente, feliz y desahogada como si regresara de la primera cita de amor que se repetiría esa noche.
***
A las nueve en punto corría a la puerta de calle y recibí yo misma a mi novio. ¡Él en casa, de visita!
-¿Sabes que la sala está llena de gente? -le dije-. Pero no nos incomodarán
-Claro que no... ¿Estás tú allí?
-Sí.
-¿Muy desfigurada?
-No mucho, ¿creerás? ¡Ven, vamos a ver!
Entramos en la sala. A pesar de la lividez de mis sienes, de las aletas de la nariz muy tensas y las ventanillas muy negras, mi rostro era casi el mismo que Luis esperaba ver durante horas y horas desde la esquina.
-Estás muy parecida -dijo él.
-¿Verdad? -le respondí yo, contenta. Y nos olvidamos en seguida de todo, arrullándonos.
Por ratos, sin embargo, suspendíamos nuestra conversación y mirábamos con curiosidad el entrar y salir de las gentes. En uno de esos momentos llamé la atención de Luis.
-¡Mira! -le dije-. ¿Qué pasará?
En efecto, la agitación de las gentes, muy viva desde unos minutos antes, se acentuaba con la entrada en la sala de un nuevo ataúd. Nuevas personas, no vistas aún allí, lo acompañaban.
-Soy yo -dijo Luis con ligera sorpresa-. Vienen también mis hermanas
-¡Mira, Luis! -observé yo-. Ponen nuestros cadáveres en el mismo cajón ... Como estábamos al morir.
-Como debíamos estar siempre -agregó él-. Y fijando los ojos por largo rato en el rostro excavado de dolor de sus hermanas:
-Pobres chicas... -murmuró con grave ternura. Yo me estreché a él, ganada a mi vez por el homenaje tardío, pero sangriento de expiación, que venciendo quién sabe qué dificultades, nos hacían mis padres enterrándonos juntos.
Enterrándonos... ¡Qué locura! Los amantes que se han suicidado sobre una cama de hotel, puros de cuerpo y alma, viven siempre. Nada nos ligaba a aquellos dos fríos y duros cuerpos, ya sin nombre, en que la vida se había roto de dolor. Y a pesar de todo, sin embargo, nos habían sido demasiado queridos en otra existencia para que no depusiéramos una larga mirada llena de recuerdos sobre aquellos dos cadavéricos fantasmas de un amor.
-También ellos -dijo mi amado- estarán eternamente juntos.
-Pero yo estoy contigo -murmuré yo, alzando a él mis ojos, feliz.
Y nos olvidamos otra vez de todo.
***
Durante tres meses -prosiguió la voz- viví en plena dicha. Mi novio me visitaba dos veces por semana. Llegaba a las nueve en punto, sin que una sola noche se hubiera retrasado un solo segundo, y sin que una sola vez hubiera yo dejado de ir a recibirlo a la puerta. Para retirarse no siempre observaba mi novio igual puntualidad. Las once y media, aun las doce sonaron a veces, sin que él se decidiera a soltarme las manos, y sin que lograra yo arrancar mi mirada de la suya. Se iba por fin, y yo quedaba dichosamente rendida, paseándome por la sala con la cara apoyada en la palma de la mano.
Durante el día acortaba las horas pensando en él. Iba y venía de un cuarto a otro, asistiendo sin interés alguno al movimiento de mi familia, aunque alguna vez me detuve en la puerta del comedor a contemplar el hosco dolor de mamá, que rompía a veces en desesperados sollozos ante el sitio vacío de la mesa donde se había sentado su hija menor.
Yo vivía -sobrevivía-, lo he repetido, por el amor y para el amor. Fuera de él, de mi amado, de la presencia de su recuerdo, todo actuaba para mí en un mundo aparte. Y aun encontrándome inmediata a mi familia, entre ella y yo se abría un abismo invisible y transparente, que nos separaba a mil leguas.
Salíamos también de noche, Luis y yo, como novios oficiales que éramos. No existe paseo que no hayamos recorrido juntos, ni crepúsculo en que no hayamos deslizado nuestro idilio. De noche, cuando había luna y la temperatura era dulce, gustábamos de extender nuestros paseos hasta las afueras de la ciudad, donde nos sentíamos más libres, más puros y más amantes.
Una de esas noches, como nuestros pasos nos hubieran llevado a la vista del cementerio, sentimos curiosidad de ver el sitio en que yacía bajo tierra lo que habíamos sido. Entramos en el vasto recinto y nos detuvimos ante un trozo de tierra sombría, donde brillaba una lápida de mármol. Ostentaba nuestros dos solos nombres, y debajo la fecha de nuestra muerte; nada más.
-Como recuerdo de nosotros -observó Luis- no puede ser más breve. Así y todo -añadió después de una pausa-, encierra más lágrimas y remordimientos que muchos largos epitafios.
Dijo, y quedamos otra vez callados.
Acaso en aquel sitio y a aquella hora, para quien nos observara hubiéramos dado la impresión de ser fuegos fatuos. Pero mi novio y yo sabíamos bien que lo fatuo y sin redención eran aquellos dos espectros de un doble suicidio encerrados a nuestros pies, y la realidad, la vida depurada de errores, elévase pura y sublimada en nosotros como dos llamas de un mismo amor.
Nos alejamos de allí, dichosos y sin recuerdos, a pasear por la carretera blanca nuestra felicidad sin nubes.
Ellas llegaron, sin embargo. Aislados del mundo y de toda impresión extraña, sin otro fin ni otro pensamiento que vernos para volvernos a ver, nuestro amor ascendía, no diré sobrenaturalmente, pero sí con la pasión en que debió abrasarnos nuestro noviazgo, de haberlo conseguido en la otra vida. Comenzamos a sentir ambos una melancolía muy dulce cuando estábamos juntos, y muy triste cuando nos hallábamos separados. He olvidado decir que mi novio me visitaba entonces todas las noches; pero pasábamos casi todo el tiempo sin hablar, como si ya nuestras frases de cariño no tuvieran valor alguno para expresar lo que sentíamos. Cada vez se retiraba él más tarde, cuando ya en casa todos dormían, y cada vez, al irse, acortábamos más la despedida.
Salíamos y retornábamos mudos, porque yo sabía bien que lo que él pudiera decirme no respondía a su pensamiento, y él estaba seguro de que yo le contestaría cualquier cosa, para evitar mirarlo.
Una noche en que nuestro desasosiego había llegado a un límite angustioso, Luis se despidió de mí más tarde que de costumbre. Y al tenderme sus dos manos, y entregarle yo las mías heladas, leí en sus ojos, con una transparencia intolerable, lo que pasaba por nosotros. Me puse pálida como la muerte misma; y como sus manos no soltaran las mías:
-¡Luis! -murmuré espantada, sintiendo que mi vida incorpórea buscaba desesperadamente apoyo, como en otra circunstancia. Él comprendió lo horrible de nuestra situación, porque soltándome las manos, con un valor de que ahora me doy cuenta, sus ojos recobraron la clara ternura de otras veces.
-Hasta mañana, amada mía -me dijo sonriendo.
-Hasta mañana, amor -murmuré yo, palideciendo todavía más al decir esto.
Porque en ese instante acababa de comprender que no podría pronunciar esta palabra nunca más.
Luis volvió a la noche siguiente; salimos juntos, hablamos, hablamos como nunca antes lo habíamos hecho, y como lo hicimos en las noches subsiguientes. Todo en vano: no podíamos mirarnos ya. Nos despedíamos brevemente, sin darnos la mano, alejados a un metro uno del otro.
¡Ah! Preferible era...
La última noche, mi novio cayó de pronto ante mí y apoyó su cabeza en mis rodillas.
-Mi amor -murmuró.
-¡Cállate! -dije yo.
-Amor mío -recomenzó él.
-¡Luis! ¡Cállate! -lancé yo, aterrada-. Si repites eso otra vez ...
Su cabeza se alzó, y nuestros ojos de espectros -¡es horrible decir esto!- se encontraron por primera vez desde muchos días atrás.
-¿Qué? -preguntó Luis-. ¿Qué pasa si repito?
-Tú lo sabes bien -respondí yo.
-¡Dímelo!
-¡Lo sabes! ¡Me muero!
Durante quince segundos nuestras miradas quedaron ligadas con tremenda fijeza. En ese tiempo pasaron por ellas, corriendo como por el hilo del destino, infinitas historias de amor, truncas, reanudadas, rotas, redivivas, vencidas y hundidas finalmente en el pavor de lo imposible.
-Me muero... -torné a murmurar, respondiendo con ello a su mirada. Él lo comprendió también, pues hundiendo de nuevo la frente en mis rodillas, alzó la voz al largo rato.
-No nos queda sino una cosa que hacer... -dijo.
-Eso pienso -repuse yo.
-¿Me comprendes? -insistió Luis.
-Sí, te comprendo -contesté, deponiendo sobre su cabeza mis manos para que me dejara incorporarme. Y sin volvernos a mirar nos encaminamos al cementerio.
¡Ah! ¡No se juega al amor, a los novios, cuando se quemó en un suicidio la boca que podía besar! ¡No se juega a la vida, a la pasión sollozante, cuando desde el fondo de un ataúd dos espectros sustanciales nos piden cuenta de nuestro remedo y nuestra falsedad! ¡Amor! ¡Palabra ya impronunciable, si se la trocó por una copa de cianuro al goce de morir! ¡Sustancia del ideal, sensación de la dicha, y que solamente es posible recordar y llorar, cuando lo que se posee bajo los labios y se estrecha en los brazos no es más que el espectro de un amor!
Ese beso nos cuesta la vida -concluye la voz-, y lo sabemos. Cuando se ha muerto una vez de amor, se debe morir de nuevo. Hace un rato, al recogerme Luis a sí, hubiera dado el alma por poder ser besada. Dentro de un instante me besará, y lo que en nosotros fue sublime e insostenible niebla de ficción, descenderá, se desvanecerá al contacto sustancial y siempre fiel de nuestros restos mortales.
Ignoro lo que nos espera más allá. Pero si nuestro amor fue un día capaz de elevarse sobre nuestros cuerpos envenenados, y logró vivir tres meses en la alucinación de un idilio, tal vez ellos, urna primitiva y esencial de ese amor, hayan resistido a las contingencias vulgares, y nos aguarden.
De pie sobre la lápida, Luis y yo nos miramos larga y libremente ya. Sus brazos ciñen mi cintura, su boca busca mi boca, y yo le entrego la mía con una pasión tal, que me desvanezco...

Un Idilio


"...En fin, como no podré volver allí hasta fines de junio y no querría de ningún modo perder aquello, necesito que te cases con ella. He escrito hoy mismo a la familia y te esperan. Por lo que respecta al encargo... etcétera."
Nicholson concluyó la carta con fuerte sorpresa y la inquietud inherente al soltero que se ve lanzado de golpe en un matrimonio con el cual jamás soñó. Su esposa sería ficticia, sin duda; pero no por eso debía dejar de casarse.
-¡Estoy divertido! -se dijo con decidido mal humor-. ¿Por qué no se le habrá ocurrido a Olmos confiar la misión a cualquier otro?
Pero en seguida se arrepintió de su mal pensamiento, recordando a su amigo.
-De todos modos -concluyó Nicholson-, no deja de inquietarme este matrimonio artificial. Y siquiera fuera linda la chica... Olmos tenía antes un gusto detestable. Atravesar el atrio bajo la carpa, con una mujer ajena y horrible...
En verdad, si el matrimonio que debía efectuar fuera legítimo, esto es, de usufructo personal, posiblemente Nicholson no hubiera hallado tan ridícula la ceremonia aquella, a que estaba de sobra acostumbrado. Pero el caso era algo distinto, debiendo lucir del brazo de una mujer que nadie ignoraba era para otro.
Nicholson, hombre de mundo, sabía bien que la gracia de esa vida reside en la ligereza con que se toman las cosas; y si hay una cosa ridícula, es cruzar a las tres de la tarde por entre una compacta muchedumbre, llevando dignamente del brazo a una novia que acaba de jurar será fiel a otro.
Éste era el punto fastidioso de su desgano: aquella exhibición ajena. Ni soñar un momento con una ceremonia íntima; la familia en cuestión era sobrado distinguida para no abonar 10,000 pesos por interrupción de tráfico a tal hora. Resignose, pues, a casarse, y al día siguiente emprendía camino a la casa de su futura mujer.
Como acababa de llegar del campo, donde había vivido diez años consecutivos, no conocía a la novia. Recordaba, sí, vagamente a la madre, pero no a su futura que, por lo demás, era aún muy jovencita cuando él se había ido. La madre no era desagradable -decíase Nicholson, mientras se encaminaba a la casa-, aunque tenía la cara demasiado chata. No me acuerdo de otra cosa. Si la chica no fuera mucho peor, por lo menos...
Vivían en Rodríguez Peña, sobre la avenida Alvear. Nicholson se hizo anunciar, y la premura con que le fue abierto el salón probole suficientemente que su persona era bien grata a la casa.
La señora de Saavedra lo recibió. Nicholson vio delante de sí a una dama opulenta de carne, peinada con excesiva coquetería para su edad. Sonrió placenteramente a Nicholson.
-...Sí, Olmos nos escribió ayer... Muchísimo gusto... No hubiéramos creído que se quedara aún allá... La pobre Chicha... Pero, en fin, hemos tenido el gusto de conocerlo y de...
-Sí, señora -se rió Nicholson-, y de ser recibido con un título que no había soñado jamás.
-Efectivamente -soltó la risa la señora de Saavedra, perdiendo un poco, al echarse atrás, el equilibrio de sus cortas y gruesísimas piernas-. Si me hubieran dicho hace un mes... ¡qué digo un mes!, dos días solamente, que usted se iba a casar con mi hija... es menester que la conozca, ¿no es cierto? Pero ahí viene, creo.
Nicholson y la señora de Saavedra dirigieron juntos la vista a la portada donde apareció una joven de talle muy alto, vestido muy corto y vientre muy suelto. Era evidentemente mucho más gruesa de lo que pretendía aparentar. Por lo demás, la elegante distinción de su traje reforzaba la vulgaridad de una cara tosca y pintada.
-Creo recordar esta cara -se dijo Nicholson, a tiempo que la señora exclamaba:
-¡Ah! Es María Esther... Mi sobrina más querida; está unos días con nosotros, señor Nicholson... Mi hijo: el amigo de Olmos, que nos hará el honor de unirse a nuestra familia.
-Aunque provisoriamente, señorita, lo que causa mi mayor pesar -concluyó Nicholson, muy satisfecho del modo como allí tomaban las cosas.
-¿Ah, sí? -se rió María Esther, sin que se le ocurriera ni pudiera habérsele ocurrido otra cosa. Se sentó, echando el vestido de lado con un breve movimiento. Y entonces, seria ya, midió naturalmente de abajo arriba a Nicholson.
Un momento después entraba Sofía. Tenía el mismo cuerpo que su prima, y la misma elegancia de vestido. Igual tipo vulgar de cara, con idéntico estuco; pero la expresión de los ojos denunciaba más espíritu.
-¡Por fin! -exclamó la madre con un alegre suspiro-. Su prometida, señor Nicholson... ¿Quién te hubiera dicho, mi hija, que te ibas a casar en ausencia de tu novio, eh?
-¡Ah, sí! -¡se rió la joven, exactamente con la misma elocuencia de María Esther. Pero agregó en seguida-: Como el señor Nicholson es tan amable...
Y sus ojos se fijaron en él con una sonrisa en que podía hallarse todo, menos cortedad.
-Esta chica debe de tener un poco de alma -pensó Nicholson.
Entre tanto, la joven se había sentado, cruzándose de piernas. Como estaba de perfil a la luz, su cabello rubio centelleaba, y el charol de su pie arqueado a tierra proyectábase en una angosta lengua de luz.
Nicholson, charlando, la observaba. Hallábale, a pesar de su cabello oxigenado y su insustancialidad, cierto encanto. Como su prima, no sabía mucho más que las gracias chocarreras habituales en las chicas de mundo. Pero su cuerpo tenía viva frescura, y en aquella mirada había una mujer, por lo menos, cosa de que se alegraba grandemente por Olmos.
-En fin -reanudaba la señora de Saavedra-, aunque deploramos la ausencia de Olmos, porque un casamiento por poder está siempre lleno de trastornos, no...
-¿Trastornos? -preguntó Nicholson.
-Es decir... Ninguno, claro está. Pero comprenda usted bien... La pobre Chicha... ¿Verdad, mi hija, que desearías más...?
-Sí señora, sí; de eso no tengo la menor duda -creyó deber excusarse Nicholson-. Sería inútil pedirle opinión a la novia.
-¿Le parece? -se rió Sofía.
-La elocuencia no es excesiva -pensó Nicholson-. En fin, Olmos sabrá lo que ha hecho.
Y agregó en voz alta:
-Me parece efectivamente inútil pedir su opinión al respecto, y no así si la pregunta me hubiera sido hecha a mí.
La joven, aunque sin entender, se rió de nuevo.
-Por lo demás -prosiguió la madre-, supongo que Olmos le habrá dicho por qué no ha podido esperar. ¿Le dijo a usted por qué tenía necesidad...?
-Sí, señora; creo que una herencia...
-Sí; mamá, antes de morir, hace cuatro años, impuso como condición para la mejora que Sofía se casara a la edad en que se casó ella y me casé yo. Dicen los médicos que no tenía la cabeza bien... Mamá, la pobre... Son 300,000 pesos, usted comprende... Olmos, por bien que esté... Pensábamos efectuar la ceremonia a fin de este mes, en que Chicha cumple veinticuatro años. Olmos debía estar aquí para entonces, pero ya ve... No ha podido.
-En efecto -asintió Nicholson.
Y un rato después, cumplida su misión primera, se despedía de las damas.

II
Así, sin desearlo ni esperarlo, Nicholson se vio envuelto en un compromiso a toda carrera, puesto que debería casarse antes de un mes. Aunque se esforzaba en asegurarse a sí mismo de que todo aquello era ficticio, que jamás seria el marido de aquella chica, ni ella su mujer -lo que parecíale ya menos horrible-, a pesar de todo se sentía inquieto. Gran parte de esto provenía de la pomposa celebración de sus bodas. Alguna vez atreviose a insinuar a la familia que él, futuro esposo honorario, consideraba mucho más discreto una ceremonia íntima. ¿Con qué objeto festejar una boda de simple fórmula, a la que no aportarían los novios la alegría de un casamiento real?
Pero la señora de Saavedra lo detuvo: ¡Una ceremonia íntima! ¿Por qué? ¡Sería horrible eso! ¡No estaban de duelo, a Dios gracias! ¿Acaso no se sentían todos llenos de felicidad por ese matrimonio? ¿No era él un amigo de la infancia de Olmos? Y luego, el traje de Chicha; las amigas todas que deseaban verla casada -sin recordar lo que correspondía a su rango en la sociedad-. ¡No, por favor!...
Nicholson se rindió en seguida ante la última razón, que era específica.
Entre tanto frecuentaba la casa con mucha cordialidad, conservando siempre sus conversaciones con Sofía el tono ligero de la primera vez.
Comprobaba que Sofía era mucho más despierta de lo que se había imaginado. Acaso no tenga mucha alma -se decía- pero sí una maravillosa facultad de adaptación. En las dos últimas veces no le he oído una sola frase chocarrera. Si sus amigos habituales no le pervirtieran el gusto con sus chistes de jockeys, esta chica sería realmente aguda. Lástima de cara vulgar; pero una frescura de cuerpo y una mirada...

III
De este modo llegó por fin la víspera del gran día. Nicholson cenó con la familia, honor que correspondía de derecho a un futuro miembro de ella, bien que totalmente adventicio.
-Sí -protestaba Nicholson-. Jamás creí que llegaría a ser marido en tan deplorables condiciones.
-¡Cómo! -replicó la señora de Saavedra.
-¿Y le parece poco, señora? ¿Cree usted que voy a tener muy larga descendencia de este matrimonio?
-¡Oh, otra vez! -se rió la señora-. Se está volviendo muy indiscreto, Nicholson... Además -prosiguió reconfortada-, Chicha la tendrá.
-¿Qué cosa?
-Descendencia.
-¡Lo que es un gran consuelo para mí!
-Chicha le pondrá su nombre a su primer hijo.
-Y yo le querré mucho, señora; tanto más cuanto que debería haber sido mío.
-¡Nicholson!... Le voy a contar todo lo que dice a Olmos. Chicha: consuélalo.
-¿Cómo, que me consuele? -exclamó vivamente Nicholson.
-¡Si dice una cosa más de ésas, no se casa con mi hija, señor Nicholson! ¡Qué hombre! -concluyó la madre levantándose.
Pasaron a la sala. Durante un largo rato la conversación tornose grave. No quería la señora que el menor detalle de la gran ceremonia pudiera ser olvidado. Cuando todo quedó dispuesto y fijado prolijamente en la memoria, Nicholson se aproximó a Sofía.
-Veamos, mi novia -le dijo, acercando bien su rostro-. ¿Va a ser feliz?
La joven demoró un momento en responder.
-¿Cuándo?
-¡Hum!... Yo tengo la culpa; muy bien respondido. Mañana, mi novia.
-Sí; mañana, sí...
-¡Ah! ¿Y después, no? ¡Señora! -volvió la cabeza Nicholson-. Lo que responde su hija no está bien. Concluiré por enamorarme seriamente de ella.
-¡Muy bien merecido! Usted solo tendría la culpa.
-¿Y si ella, a su vez...?
-¡Ah, no, señor pretencioso! -se rió la madre-. ¡Eso no, esté usted seguro!
Nicholson retornó a Sofía. En voz baja:
-¿De veras?
La respuesta no llegaba, pero la sonrisa persistía.
-No sé...
Nicholson sintió un fugaz escalofrío y la miró fijamente.
-Me voy, señora -agregó-. Es menester que mañana tenga el espíritu firme.
-Venga un momento de mañana; esperamos telegrama de Olmos. Además, cualquier cosa que pudiera ocurrir...
-Vendré.
Y como Sofía lo despidiera con un "Mi marido...", la madre saltó:
-¡No, por Dios! Tu marido, todavía no. Tu novio, sí.
-¿Cree usted, por toda la desventura de los cielos, que habrá para mí diferencia cuando lo sea? -se volvió Nicholson.
-No, ninguna, por suerte. Y váyase, hombre loco.

IV
A la mañana siguiente tenía aún la señora de Saavedra el telegrama en la mano, cuando Nicholson llegó.
-¡Ah! Me alegro de que llegue ahora. ¿Sabe lo que dice Olmos?... Que no podrá venir hasta agosto. ¡Dos meses más! ¿Ha visto usted cosa más disparatada? ¡Su congreso, su congreso!... ¡Pero yo creo que su novia vale más que todo eso! ¡Pobre, mi hija!... ¿Usted no tuvo noticias?
-No, fuera de la carta última... ¿En qué pensará Olmos?
-Eso es lo que nos preguntamos todos en casa: ¿En qué pensará? ¡Mi Dios! ¡Cuando se tiene novia, se puede ser un poco menos cumplidor de sus deberes!...
-¿Y Sofía? ¿Llorando?
-No; está adentro... ¿Cómo quiere que no esté resentida con él? ¡Supóngase qué poca gracia puede hacerle esto! ¡Ah, los hombres!...
Como Nicholson quería discretamente irse, la señora de Saavedra lo detuvo.
-No, no, espérese; ahora va a venir Chicha... Por lo menos nos queda usted -se sonrió más calmada ya.
Sofía llegó. Estaba un poco pálida, y sus ojos, alargados por el pliegue de contrariedad de su frente, dábanle un decidido aire de combate. "Queda mucho mejor así", no pudo menos de decirse Nicholson.
-¿Qué es eso, Sofía? ¿Parece que Olmos no quiere venir?
-No, no quiere. ¡Pero si él cree que me voy a afligir!...
-¡Vamos, Chicha! -reprendiola la madre.
-¿Y qué quieres que haga yo? ¡Que se divierta allá! ¡Hace muy bien! ¡Lo que es por mí!...
-¡Chicha! -exclamó la señora, seria esta vez. Pero agregó para apaciguarla-: Mira que está tu marido delante. ¿Qué va a creer de ti?
La joven se sonrió entonces, volviendo los ojos a Nicholson.
-¿Usted me querrá, no es cierto, a pesar de todo?
-No veo por qué a pesar de todo. Con todo me parece mejor dicho...
-¿Y si Julio no viene hasta fin de año?
-La querré hasta fin de año.
-¿Y si no viene nunca?
-¡Nicholson, váyase! -interrumpió la señora de Saavedra-. Ya comienzan ustedes a disparatar. Chicha tiene que peinarse...
-Muy bien. A las tres, ¿verdad?
-No; esté aquí a las dos; es mejor.

V
De este modo, Nicholson se casó a las tres de ese día ante las leyes de Dios. Contra todo lo que esperaba, no se sintió inmensamente ridículo ostentando del brazo una novia que de ningún modo le estaba destinada. Hubo, sin duda, muchas sonrisas equívocas, e infinidad de groserías por parte de sus amigos. Pero, por motivos cualesquiera, sobrellevó con bastante alegría aquel solemne y grotesco pasaje bajo la carpa vistosa, como un rey congo, por entre una muchedumbre femenina que iba curiosamente a ver la cara que tiene una futura mujer.
Su relación con la familia Saavedra conservó el mismo carácter, jovial con la madre y de punzante juego con Sofía. No siempre la madre oía aquellos diálogos de muy problemática discreción, que, por lo demás, no la hubieran inquietado en exceso. ¿Qué era todo, en suma? Un poco de flirt con un hombre buen mozo y ligado a su hija con tal impertinente lazo, que hubiera sido de mal tono impedir aquél. La situación, de por sí equívoca, imponía elegantemente la necesidad de un flirteo agudo, como un almizcle forzoso a la desenvoltura de las muchachas de mundo.
Este sello de buen tono -que no es sino una provocativa manifestación de confianza en las propias fuerzas, que agudiza el deseo de afrontar el vértigo de los paraísos prohibidos- érale a Sofía doblemente indispensable por su ambiente y su condición de joven esposa. ¿Qué más picante flirt que el entretejido con un hombre a quien había jurado estérilmente ser condescendiente esposa?
Por todos estos motivos, la señora de Saavedra sentía muy escasa curiosidad de oír lo que se decían su hija y Nicholson.
-Paréceme que mi señora suegra tiene gran confianza en mí -decíale en tanto Nicholson a Sofía, sentado aparte con ella.
-Es muy natural -respondiole ella- lo raro sería que no la tuviera.
-¿Y usted?
-¿Qué... yo?
-Confianza en mí.
Sofía entrecerró los ojos y lo miró adormecida:
-¿De que no me va a ser infiel con otras?...
Bruscamente Nicholson extendió la mano y la cogió de la muñeca.
Sofía se estremeció al contacto y abrió vivamente los ojos, mirando a su madre. Nicholson se recobró y retiró la mano. Pretendió sonreírse, pero apenas lo consiguió. Ni uno ni otro tenían ya la misma expresión.
-¿Tendría confianza en mí? -agregó él al rato, repitiendo inconscientemente la pregunta anterior.
Sofía lo miró de reojo:
-No.
-¿Por qué?
-Porque no -repuso sólo.
La respuesta era rotunda.
-¿Pero por qué?
-Porque no.
Nicholson se detuvo y la miró con honda atención.
Sí, sí, era indudable; era aquel mismo cabello oxigenado, las mismas cejas pinceladas y la misma porfiada pesadez mental que retornaba de vez en cuando. Pero sus ojos, los de él, de Nicholson, no veían más que su pelo, su cara, la penetrante frescura de aquella mujer que era casi, casi suya...
Un momento después se retiró, muy fastidiado. En la calle reconsideró todas las cualidades de Sofía con minuciosa prolijidad. Recordó, sobre todo, la impresión primera, cuando la conoció: la cara vulgar y estucada, sus gracias chocarreras de jockeys, la desenvoltura provocante de su cruzamiento de piernas, su vulgaridad intelectual. Ahora no conservaba de todo esto sino el concepto. Fijábala en su memoria atentamente; constataba que así era ella en efecto, pero no veía. Hallábase en el caso de las personas que por la fuerza de la costumbre han llegado a no apreciar más lo chocante de un rasgo; con la diferencia, en la situación de Nicholson, que se trataba de una muchacha joven, fresquísima, a cuya casa iba, sin darse cuenta, más a menudo de lo que hubiera sido conveniente.
-Por todo lo cual -se dijo al entrar en su casa- dejaré de visitarla. Lo que ignoro es qué felicidad podrá caberle a Olmos con esa muchacha. Y pensar que a fuerza de verla he llegado a no notarlo más...
Y muy reconfortado con su reacción, acostose decidido a no ver a la familia de Saavedra hasta ocho días después.

VI
A la noche siguiente, la señora de Saavedra disponíase a hacer llamar el automóvil, cuando vio entrar a Nicholson.
-¡Oh, Nicholson! -sonriole sorprendida-. ¿Otra vez por aquí? Pero esta vez nos vamos; ¿nos acompaña a Mefistófeles? ¿Usted también iba?
-Sí, pero más tarde... Quise pasar por aquí un momento a saludarlas.
-Muy amable, Nicholson... ¡Sofía! Está tu marido.
Antes de que la madre la llamara, Nicholson había oído el largo y pesado paso, como al desgaire, de las chicas de mundo. Y constató, con una ligera pausa de la respiración, que los pasos se habían hecho bruscamente más rápidos al ser él nombrado...
Sofía apareció, pronta ya con la salida de teatro caída sobre un hombro; y mientras llegaba hasta él, Nicholson leyó en sus ojos brillantes de cálido orgullo la seguridad que de sí misma tenía con el ancho y hondo escote que entregaba a su mirada.
-¡Sí, perfectamente! -le dijo Nicholson.
-¡Sí, sí! -repuso ella.
-¿Qué... sí?
-Lo que usted piensa.
-¿Ahora mismo?
-No sé si ahora mismo... Que estoy menos fea, ¿verdad?
-Menos fea... menos fea... -murmuró Nicholson, devorando la carne con los ojos.
-Y además, vino hoy -prosiguió ella, embriagada por contragolpe de la embriaguez en que Nicholson empapaba su contemplación.
-Sí, vine hoy, y no pensaba venir en mucho tiempo.
La señora de Saavedra, ya de vuelta, oyó las últimas palabras
-¡Bueno, Nicholson! Nos vamos. ¿Irá a vernos?
-Sí, pero tarde. Y si Sofía llora...
-¡Más llorará usted cuando vuelva Olmos! Hasta luego.
Concluía el tercer acto cuando Nicholson entró en el palco. A más de la familia de Saavedra, había allí la prima que Nicholson conociera en la primera visita; su hermano, y una amiga, la ineludible amiga de las familias que tienen palco. En el entreacto, Nicholson maniobró hasta apartarse con Sofia -maniobra inútil, por lo demás, ya que su carácter de esposo equívoco y flirt forzoso abríale complacientemente el cambio a los vis à vis estrechos.
-Fíjese en la envidia con que nos miran -decíale Nicholson, mientras de brazos en el antepecho recorría curiosamente la sala.
-¡Ah! ¿A mí también me miran con envidia?
-¡Indudablemente! Yo soy su esposo.
-Bien lo querría usted.
-¿Y si Olmos muriera?
El diálogo se cortó bruscamente. Sofía volvió naturalmente la vista a otro lado, y no respondió. Nicholson, después de una pausa, insistió:
-¡Respóndame! ¿Y si Olmos muriera?
La joven repuso, sin volver a él los ojos:
-No sé.
-¡Respóndame!
-No sé.
-¡Sofía!...
-No sé.
Nicholson calló, irritado. Ya está de nuevo como antes -se dijo-. Su inteligencia no es capaz de otra cosa que los no sé. Lo que me sorprende es cómo se le ocurren a veces respuestas vivas. No sé, no sé... Ahora sí está contenta, cambiando con su prima cuantas expresiones lunfardas han aprendido hoy. Se mueren de alegría... Y con esa imbecilidad y esa cara... Y ese escote de marcheuse....
Decididamente, sentíase de más en el palco. Saludó a las señoras, cambió un fugaz apretón de mano con Sofía, y se retiró con un suspiro de desahogo. ¿Qué hacía él en verdad charlando de ese modo con la muchacha más insustancial del orbe entero? ¡Si aun fuese linda, por Dios! En cuanto a su amigo, ignoraba él hasta dónde estaba Olmos enamorado de la joven heredera con mejora de 300,000 pesos. Su amistad con Olmos databa de la infancia. Pero en los últimos diez años no se habían visto una sola vez. Olmos, recordando la fraternidad infantil, habíale confiado la misión aquella, que concluía, ¡por fin! Apenas veinte días más y Nicholson se vería libre de novia, esposa y toda la familia de Saavedra. ¡Y si a Olmos se le ocurriera siquiera volver antes!

VII
Consolado con esto, Nicholson pasó dos días sin soñar un segundo en ir a la calle Rodríguez Peña. Al tercero recibió carta de Olmos, en que le anunciaba su retorno, diez días antes de lo pensado. "Sin embargo -decíale- no me hallo bien del todo. Hace tres días que no tengo apetito alguno. Me canso y fastidio de todo. Debe de ser un poco de neurastenia que en cuanto pise el vapor, pasará."
Nicholson no vio en toda la carta sino que Olmos llegaría muy pronto, librándose para siempre de aquella vulgar muchacha. ¡Y si Dios quisiera hacerle temer una nueva pérdida de herencia para que el marido apresurara así su viaje, cuánto mejor!
Pero contra toda lógica, esto, que él consideraba una liberación, túvole todo el día irritado. Deseaba ardientemente que Olmos volviera, disgustándole al mismo tiempo su deseo. Y en su mal humor no notaba dos cosas: su creciente mala disposición para con Olmos, y su ensañamiento con Sofía. Ahora parecíale maravillosa la unión aquella: Olmos, con su hambre de heredera; ella, con su ciencia en destrozar visos de seda haciéndolos crujir sobre ruda etamina, conocimientos adquiridos ya a los nueve años en lecciones del "Sacré Coeur".
Por todo lo cual Nicholson se felicitaba, lo que no impedía que su mal humor creciera siempre.
Al día siguiente fue a comunicar la feliz nueva a la familia Saavedra.
-Sí, también nos escribió a nosotros -le dijo la madre-. ¡Qué dicha! Así usted se verá libre de nosotros. ¡Pobre Chicha! ¡Ya era tiempo!
Sofía entró, y Nicholson notó claramente que la primera mirada de la joven había sido de examen a su expresión, para ajustar la suya a la de Nicholson. Pero la animosidad persistía en éste, perfectamente mal disfrazada.
-Inútil preguntar cuánta es su felicidad, ¿verdad? -se dirigió a ella.
-Ya lo supondrá usted, que ha sufrido un mes teniéndome por esposa.
-Si yo he sufrido -repuso Nicholson- es por...
-Porque soy fea, y porque tengo la cara plebeya, y porque soy estúpida, ¿no es eso?
-¡Chicha! -exclamó la madre sorprendida. El rostro demudado y la acentuación de las palabras de Sofía expresaban claramente que ya no eran esas las locuras habituales en Nicholson y su hija-. ¿Qué tienes? ¿Qué te pasa? Prosiguió, estudiándola detenidamente con insistente mirada de madre.
Pero Sofía había enmudecido, Nicholson intervino:
-¡No, señora! Es una broma que tenemos con Sofía.
-¡Es que no!...
-¡Bueno, mamá! Son cosas nuestras de marido y mujer. ¿Verdad, Nicholson?
-Verdad Sofía. Y tanto más cuanto que nuestro matrimonio está en vísperas de disolverse.
-Y muy a tiempo, me parece -repuso rotundamente la señora de Saavedra.
-Por lo cual me voy -dijo Nicholson, levantándose.
La señora lo examinó inquieta.
-¡Supongo que usted no es tan niño para haberse enojado por lo que he dicho!
-No es enojo, pero sí amargura. Perder nuestra mujer al mes y medio de casados...
-¿De veras? ¿Le da tanta pena, Nicholson? -se rió Sofía, con una punta de impertinente desprecio.
-Por mí, tal vez no; pero sí por Olmos.
-¡Ah! ¿Y por qué?
-Porque tendrá que sufrir con usted lo que he sufrido yo.
Y Nicholson leyó en la expresión súbitamente contraída de Sofia: "Sí, ya sé: mi cara chata, mi estupidez..."
-¡Si la hubiera querido menos! -concluyó Nicholson, riéndose, para mitigar la dureza anterior.
Pero la señora de Saavedra, cuyos ojos persistían en observar hondamente a su hija, hallaba por fin excesivo aquel flirt. Que Chicha gustara de Nicholson, muy bien, porque su hija era demasiado distinguida para adorar ciega y exclusivamente a su marido. Pero que se interesara en ese amorío hasta cambiar de color, eso podía comprometerla demasiado ante los demás -y sobre todo, demasiado pronto-... Por suerte, Olmos estaba ya en viaje.
-Ahora que recuerdo -exclamó la madre-, es muy extraño que Olmos no nos haya hecho telegrama al embarcarse. Ya debe estar en viaje.
-Sí, yo también me he acordado de eso -respondió Nicholson-. Tal vez quiera sorprenderlas.
-Tendrá celos -se rió nerviosamente Sofía.
Su madre se volvió a ella con el gesto duro.
-Para ser tu marido, te ríes ya bastante de él!
-Después se reirá él de mi inteligencia... ¿No es cierto, Nicholson?
-No sé -repuso éste ligeramente para cortar de una vez y dándole la mano-. No sé, porque me voy para siempre.
-¡Qué desesperación la mía, Nicholson!
-Todo pasará.
La señora de Saavedra creyó, sin embargo, deber aplacar esta tirantez...
-¿Hasta cuándo, Nicholson? -preguntole con naturalidad.
-Uno de estos días... Adiós.

VIII
Nicholson caminó largo rato, evocando todos los detalles de su visita anterior. Sentíase, sin saber por qué, muy disgustado de sí mismo, como si hubiese cometido una cobardía. Tenía, sobre todo, fijo en sus ojos el rostro demudado de Sofía cuando ésta había adivinado exactamente lo que él pensaba de ella. La sorpresa ante esa penetración inesperada que ya lo había confundido al oírla, reforzaba su malestar. No la hubiera creído Nicholson capaz de eso... Aquello denunciaba algo más que simple agudeza... Un detalle cabía solamente para explicar esa perspicacia de una inteligencia vulgar, sólo uno: que Sofía lo quisiera, y que lo quisiera mucho...
Y la sensación de haber cometido una baja cobardía traíale de nuevo el hondo disgusto de sí mismo. Repetíase en vano para calmarse: Sí, es fea, se pinta, no sabe sino destrozar visos. Pero no sentía lo que decía; la veía únicamente demudada por su brutal opinión. ¡En fin, todo aquello se acababa, y mejor! Iría aún una o dos veces a lo de Saavedra, antes que llegara Olmos. Y él, Olmos...
El corazón se le detuvo sintiéndose bruscamente mareado. Hasta ese momento no se había representado con precisión que ella sería la mujer de otro. Olmos, efectivamente, y muy pronto, sería su marido...
Apresuró el paso, esforzándose en pensar en otra cosa, en cualquiera, en una puerta de su casa, que chirriaba; en los aeroplanos búlgaros, en las infinitas marcas de cigarrillos que se ven cada día...
Tomó, por fin, un coche y se hizo llevar a Palermo, atormentándose en todo el camino con la seguridad plena de que había cortado como un estúpido su vida.

IX
La hallaba aún en este estado a la mañana siguiente, cuando recibió el telegrama:
"Olmos gravísimo tifoidea. Prepare familia."
Algo como un hundimiento de pesadilla, una angustiosa caída de que se cree no salir en todo el infinito del tiempo, sofocó a Nicholson. ¡Olmos se moría! ¡Estaba muerto ya, seguramente! Luego Sofía...
Pero sus últimas veinticuatro horas de sufrimiento habíanle dado tal convicción de lo estéril, de lo jamás conseguible, de la imposibilidad absoluta de un solo segundo de dicha, que ese delirante anuncio de vida tenía la angustia de un vértigo. Olmos gravísimo de tifoidea... Sí, era el malestar de la carta, la falta de apetito. Y había muerto... ¡Sofía, Sofía!
Ahora era el grito de todo el hombre por la mujer adorada, el ímpetu de felicidad a que nos lanza el despertar de un sueño en que la hemos perdido. ¡Suya! ¡Solamente de él, Nicholson!
No tenía la menor duda de que el telegrama era simplemente preparatorio. "Murió, murió", se repetía, sin hallar, ni buscarlo tampoco, el menor eco de su alma. Esa persona debía haber abrazado, besado a su Sofía... ¡Ah, no! ¡De él, únicamente, y nadie más!
Sentíase, sin embargo, demasiado agitado para ir en seguida a lo de Saavedra. Pasó el día vagando en auto, y al llegar la noche y retornar a su casa, encontró el segundo telegrama:
"Avise familia Saavedra fallecimiento Olmos anoche."
¡Se acabó! Ya estaba todo acabado. La pesadilla había concluido. Ya no habría más cartas ni telegramas de Europa. Allí, en la calle Rodríguez Peña, estaba ella, sólo para él... ¡Sofía!
Eran las nueve cuando Nicholson llegó. Tuvo apenas tiempo de oír resonar sus propios pasos en la sala desierta, cuando sintió el avance precipitado de la señora de Saavedra. Apareció demudada, gesticulando.
-¡Pero ha visto usted cosa más espantosa! -se llevó las manos a la cabeza, sin saludarlo-. Hace media hora que hemos recibido el telegrama. ¡Y así, de repente! ¡Qué cosa horrible! Usted sabe, ¿no?... Figúrese la situación nuestra... ¿Pero cómo ha sido eso?...
-¿De quién es el telegrama? -interrumpiola Nicholson, extrañado-. Yo recibí uno, diciéndome que les avisara a ustedes...
-¡No sé, qué sé yo!... Zabalía... cosa así. Algún comedido... ¡Pero si supiera el pobre Olmos la gracia que nos hace!... ¿Y por qué quedarse allí tanto tiempo?, es lo que yo digo. Y vea a la pobre Chicha... viuda, así, porque sí, casi en ridículo. ¡Esas cosas no se hacen, mi Dios! Vea: yo quería mucho a Olmos... ¡pero la situación ridícula, usted comprende!
Estaba profundamente contrariada.
-¡Yo me pregunto qué va a ser ahora de mi hija! Viuda, figúrese, porque el otro estaba en sus congresos... ¡Oh, no! Y ahí la tiene llorando... no sé si por el pobre Olmos, todavía... -agregó encogiéndose de hombros.
Pero Nicholson ardía en deseos de verla, de estar con ella.
-¿Muy desconsolada?
-¡Qué sé yo!... Está llorando... ¿Quiere verla? Háblele, es mucho mejor que usted le hable... Se la voy a mandar.
Nicholson quedó solo, y en los cinco minutos subsiguientes no hizo otra cosa sino repetirse que ahora él, personalmente, era quien la estaba esperando; y que dentro de cuatro minutos la tendría en sus brazos; y dentro de dos, únicamente; y dentro de uno...
Sofía llegó. Tenía los ojos irritados, pero el peine acababa, sin embargo, de componer aquella cabeza de llanto. Diole la mano con una sonrisa embargada, y se sentó. Nicholson quedó un rato de pie, paseándose ensombrecido.
-Estaba llorando y no se ha olvidado del peine -se decía. En una de sus vueltas, Sofía lo miró sonriendo con esfuerzo, y aunque él se sonrió también, su alma no se aclaró. Ella quedó de nuevo inmóvil, pasándose de rato en rato el revés de los dedos por las pestañas. Un momento después se llevó, por fin, el pañuelo a los ojos.
Nicholson sintió de golpe toda su injusticia. "¡Canalla!", se dijo a sí mismo. Se peina porque te quiere, porque quiere gustarte todo lo posible, y todavía...
Con el alma estremecida se sentó a su lado y la cogió suavemente de la muñeca. Sofía soltó el llanto en seguida.
-¡Sofía!... ¡Mi amor querido!...
Los sollozos redoblaron, mientras la cabeza de la joven se recostaba en el hombro de Nicholson. Pero ahora, él lo sabía, aquel llanto no era el desamparo de antes, el temor de que Nicholson no la quisiera más.
-¡Mi vida! ¡Mía, mía!
-Sí, sí -murmuró ella-. ¡Tuya, tuya!
Las lágrimas concluían, y una mojada sonrisa de felicidad despejaba ya la sombra del rostro.
-¡Ahora sí! ¡Mi novia, mi mujercita!
-¡Mi marido! ¡Mío querido!...
Cuando la señora de Saavedra entró, no tuvo la más remota duda.
-¡Es lo que me había parecido ya desde hace tiempo! No podían ustedes terminar en otra cosa... ¡Pero por qué no lo conocimos antes, Nicholson! ¡Figúrese los inconvenientes de esto, ahora! Si al otro no se le hubiera ocurrido pedir a mi hija antes de irse... ¡En fin! Ya que se ha muerto, no nos acordemos más de él.
Y era lo que ellos hacían.

Una Noche de Edén

No hay persona que escriba para el público que no haya tenido alguna vez una visión maravillosa. Yo he gozado por dos veces de este don. Yo vi una vez un dinosaurio, y recibí otra vez la visita de una mujer de seis mil años. Las palabras que me dirigió, después de pasar una noche entera conmigo, constituyen el tema de esta historia.
Su voz llegóme no sé de dónde, por vía radioestelar, sin duda, pero la percibí por vulgar teléfono, tras insistentes llamadas a altas horas de la noche. He aquí lo que hablamos:
-¡Hola! -comencé.
-¡Por fin! -respondió una voz ligeramente burlona, y evidentemente de mujer-. Ya era tiempo...
-¿Con quién hablo? -insistí.
-Con una señora. Debía bastarle esto...
-Enterado. ¿Pero qué señora?
-¿Quiere usted saber mi nombre?
-Precisamente.
-Usted no me conoce.
-Estoy seguro.
-Soy Eva.
Por un momento me detuve.
-¡Hola! -repetí.
-¡Sí, señor!
-¿Habla Eva?
-La misma.
-Eva... ¿Nuestra abuela?
-¡Sí, señor, Eva sí!
Entonces me rasqué la cabeza. La voz que me hablaba era la de una persona muy joven, con un timbre dulcísimamente salvaje.
-¡Hola! -repetí por tercera vez.
-¡Sí!
-Y esa voz... fresca... ¿es suya?
-¡Por supuesto!
-¿Y lo demás?
-¿Qué cosa?
- El cuerpo...
-¿Qué tiene el cuerpo?
Bien se comprende mi titubeo; no demuestra sobrado ingenio el recordarle su cuerpo a una dama anterior al diluvio. Sin embargo:
-Su cuerpo... ¿fresco también?
-¡Oh, no! ¿Cómo quiere usted que se parezca al de esas señoritas de ahora que le gustan a usted tanto?
Debo advertir aquí que esa misma noche, en una reunión mundana, yo me había erigido en campeón del sentimiento artístico de la mujer. Con un calor poco habitual en mí, había sostenido que el arte en el hombre, totalmente estacionado después de recorrer cuatro o cinco etapas alternativas e iguales en suma, había proseguido su marcha ascendente de emociones en la mujer. Que en su indumentaria, en sus vestidos, en el corte de sus trajes, en el color de las telas, en la sutilísima riqueza de sus adornos, debía verse, vital y eterno, el sentimiento del arte.
Esto había dicho yo. ¿Pero cómo lo sabía ella?
-Lo sé -me respondió-, porque todos ustedes piensan lo mismo. Igual pensaba Adán.
-Pero creo entender -repuse- que en el paraíso no había más mujer que usted...
-¿Y usted qué sabe?
Cierto; yo nada sabía. Y ella parecía muy segura. Así es que cambié de tono.
-Quisiera verla... -dije.
-¿A quién?
-A usted.
-¿A mí?
-Sí.
-¡Ah!, es usted también curioso... Le voy a causar horror.
-Aunque me lo cause...
-Es que... (Y aquí una larga pausa)... no estoy vestida. ¿Comprende usted? En el fondo del espacio donde me hallo... Y además, soy demasiado vieja para no infundir horror.. aun a usted. Puedo sin embargo vestirme, si usted me proporciona ropas, con una condición...
-¡Todas!
-Oh, muy pocas... Que me lleve con usted a ver señoras bien vestidas... como se visten ahora. ¡Oh, condescienda usted!... Hace miles de años que tengo este deseo, pero nunca como... desde anoche. Antes nos preocupábanos muy poco del vestido... Ahora ha llegado la mujer al límite en el sentimiento del arte.
Mis propias palabras, como se ve.
-Desde ese oscuro fondo del tiempo y del espacio -argüí-, ¿cómo?
-La serpiente de Adán, señor mío...
-¿De Adán? No, señora; suya.
-No, de Adán. De las mujeres son yararás que usted conoce, y una que otra serpiente de cascabel...
-Crotalus terrificus- observé.
-Eso es. Pero no son las víboras, sino el maravilloso vestido de la mujer de ahora lo que deseo ver. No puedo imaginarme qué puede ser ese arte sutil que enloquece a las personas como usted.
Por segunda o tercera vez la ilustre anciana la emprendía conmigo. ¿Qué hacer? Yo podía proporcionar a mi interlocutora las ropas que esperaba de mí, y podía también proseguir la aventura que llegaba hasta mí desde el fondo de la eternidad, a través de un trivial teléfono.
Fue lo que hice. Coloqué a su pedido las ropas tras el biombo de la chimenea, y bruscamente surgió ella ante mí, envuelta hasta los pies en negro manto. Llevaba antifaz con encaje, y en las manos guantes negros. Yo podía haber presentido, de fijar un instante más los ojos en su silueta, lo que había en realidad de esquelético en aquella fosca aparición. No lo hice, y procedí mal.
Sin ver, pues, más que aquella decrépita figura, terriblemente arrepentido de mi condescendencia, salimos del escritorio, y media hora más tarde llegábamos a una casa de mi relación, cuyas tres hermosísimas chicas reunían esa noche a unos cuantos amigos.
Lo que fue toda esa sesión: mi presencia en compañía de una ilustre anciana que por razones de estado deseaba conservar el incógnito; la burlesca estupefacción de las chicas que charlaban sin perder de vista al fenómeno; los esfuerzos míos para alejar de la situación un ridículo inexorable, las sonrisitas cruzadas de las damas ojeándonos sin cesar a la momia y a mí, toda esa interminable noche fue mucho más larga de sufrir que de contar.
Regresamos a casa sin haber cambiado una palabra, ni en el auto ni en los instantes en que dejé el sobretodo sobre una silla, y el sombrero no sé dónde. Pero cuando me hube sentado de costado al fuego, sin mirar otra cosa que el hogar de la chimenea y disgustado hasta el fondo de mi alma, la dama, de pie, tomó entonces la palabra.
-Yo me voy, señor -me dijo-. Ni por mi situación ni por mi edad estoy en estado de permanecer más en su compañía. Por grata que me sea, pues no soy desagradecida. He visto lo que deseaba, y me vuelvo. Pero antes de partir deseo que usted oiga algunas palabras.
"Ustedes, los hombres, se han hartado de proclamar que la coquetería es patrimonio de las hijas de Eva, -culpa mía, si usted quiere- y que el mundo marcha mal desde que la primera mujer coqueteó con la serpiente... Yo podría aclarar este concepto, pero no quiero volver sobre una historia demasiado vieja ... aun para mí. Puedo decir, no obstante, que el adorno, la coquetería en la mujer, era una cosa muy sencilla, pues no teníamos para coquetear más que la cabellera. Después hubo otras muchas cosas... Pero a pesar de nuestra orfandad al respecto, algo pude hacer con mis diecisiete años... Usted debe saberlo por la Biblia.
"Pues bien: desde mucho tiempo atrás yo quería reencarnar en la vida contemporánea; mas era indispensable para ello, que viera cómo se visten las mujeres de ahora.
"¿Qué podía hacer yo, con mi pobre coquetería del Paraíso, con mis escasos adornos de muchacha anterior al diluvio? Por esto, y desesperanzada ya de reencarnar por largo tiempo con una nueva vida, he tomado la determinación de hacerlo por unas breves horas, y he elegido las horas pasadas para ponerme en contacto con el escritor que me escucha... y con las señoritas que gustan a ese escritor.
"Por lo poco que he visto, el mundo de ustedes ha progresado inmensamente en seis mil años, y hay ahora cosas admirables. Lo que no hay, óigame usted bien, es progreso en el adorno de la mujer. Ustedes lo creen así, porque dichos adornos cuestan dinero. En mi época, una chica estaba bien vestida cuando, a más de ser bella, llevaba en los cabellos flores o plumas de garza, tapados de pieles sobre los hombros, sartas de perlas en el cuello, y un abanico de grandes plumas en la diestra.
"Hoy, señor enamorado, después de seis mil años de febril progreso, de incalculables esfuerzos de la inteligencia y del arte, de sutiles refinamientos estéticos, hoy las mujeres bien vestidas llevan, exactamente como en las edades salvajes, plumas en la cabeza, pieles en los hombros, piedras en el cuello, flores en la cabeza y grandes plumas en la mano.
"¿Dónde está el progreso, quiere usted decirme? ¿Qué ha inventado de nuevo la mujer actual? ¿En qué revela su decantado refinamiento de arte?
"¡Bah, señor! Ustedes se dejan engañar a sabiendas, con su devoción feminista; pero salvo uno que otro detalle, la dama original y elegante de hoy debe recurrir fatalmente para su adorno a los miserables elementos del oscuro mundo primitivo: las pieles, las plumas, las piedritas que brillan.
"Y no sólo no se ha conquistado nada, sino que se ha rebajado el valor de tales adornos. El valor de una piel sedosa está en la fatiga que ha costado el obtenerla. El amante primitivo que a costa de su sangre conquistó al animal mismo, la piel para adornar con ella a su amada, consagró con ese precio el alto valor del adorno. Es bella la piel en los hombros de una muchacha porque el hombre que la amaba se desangró por conseguírsela. Este es su valor, como el de una obra de arte cualquiera, que para ser tal debe dejar exhausto un corazón.
"Hoy no es la muchacha más amada la que le luce la piel, sino aquella cuyo padre tiene más dinero. Y volveré a la nada en que he dormido seis mil años, sin comprender cómo las amigas de usted, y las otras y todas las mujeres de hoy, sienten tanto orgullo de lucir una piel que no ha conquistado el varón que aman, sino que han debido pagar muy caro al peletero; y sin comprender tampoco cómo ustedes los hombres no se mueren de vergüenza cuando se sienten orgullosos de ver a sus novias lucir un adorno que ustedes mismos han sido incapaces de obtener, y por el que otro hombre, también joven y buen mozo como ustedes dio todo su valor y su sangre en una cacería salvaje.
"Sólo esto quería decirle. Ahora, señor, me vuelvo. Le he sido a usted demasiado cargosa con mi ancianidad y mis tonterías para que no conserve usted de mí ni el recuerdo..."
Permanecí impasible, sin apartar los ojos del fuego.
-¿Quiere usted, sin embargo, guardar un vago recuerdo mío? Lo autorizaría a usted a sacarme una fotografía...
Dijo; y sin hacerme rogar de nuevo, pues deseaba concluir de una vez con aquel atroz absurdo, me levanté, también sin mirar a la dama, volví con la máquina, y a toda prisa apreté el obturador.
¡Por fin! Eché una mirada salvadora al biombo que debía ocultarla de nuevo.
-¡Oh, esta vez no hay necesidad! -murmuró ella-. Con que cierre usted un instante los ojos, basta...
¡Los cerré con rabia, y cuando los abrí no había ya nadie allí!
Aquí concluye la historia. Y lo que sigue no es sino un eterno remordimiento.
Al hallarme solo, me hallé también sin sueño por el resto de la noche.
Y mitad por distracción, mitad por curiosidad fotográfica, revelé la placa.
¡Oh! ¿Qué razón no ha concebido a Eva desnuda como el cielo, virgen y hermosísima en la primera alba del Edén?
No una decrépita momia envuelta en negro: una criatura de diecisiete años, indescriptiblemente pura y curiosa, era lo que revelaba la fotografía. Y yo no había sabido verlo.
Al día siguiente, a las mismas altas horas de la noche, el teléfono sonó.
Era ella.
Cuanto alcanza un hombre a expresar de remordimiento, lo expresé en mi largo discurso.
-¡Vuelva! -supliqué por toda conclusión.
-No puedo -repuso ella. Y más burlonamente aún-: Estoy desnuda...
-Yo cazaré tigres para usted...
-¿Usted, cazar tigres?... Usted es un cazador de historietas y no siempre verosímiles... Pero le estoy muy agradecida, sin embargo. Y si alguna vez vuelvo...
La voz se cortó. No oí más. Ni al día siguiente, ni después, nunca.
FIN

El Hombre Muerto

El hombre y su machete acababan de limpiar la quinta calle del bananal. Faltábanles aún dos calles; pero como en éstas abundaban las chircas y malvas silvestres, la tarea que tenían por delante era muy poca cosa. El hombre echó, en consecuencia, una mirada satisfecha a los arbustos rozados y cruzó el alambrado para tenderse un rato en la gramilla. Mas al bajar el alambre de púa y pasar el cuerpo, su pie izquierdo resbaló sobre un trozo de corteza desprendida del poste, a tiempo que el machete se le escapaba de la mano. Mientras caía, el hombre tuvo la impresión sumamente lejana de no ver el machete de plano en el suelo.
Ya estaba tendido en la gramilla, acostado sobre el lado derecho, tal como él quería. La boca, que acababa de abrírsele en toda su extensión, acababa también de cerrarse. Estaba como hubiera deseado estar, las rodillas dobladas y la mano izquierda sobre el pecho. Sólo que tras el antebrazo, e inmediatamente por debajo del cinto, surgían de su camisa el puño y la mitad de la hoja del machete, pero el resto no se veía.
El hombre intentó mover la cabeza en vano. Echó una mirada de reojo a la empuñadura del machete, húmeda aún del sudor de su mano. Apreció mentalmente la extensión y la trayectoria del machete dentro de su vientre, y adquirió fría, matemática e inexorable, la seguridad de que acababa de llegar al término de su existencia. La muerte. En el transcurso de la vida se piensa muchas veces en que un día, tras años, meses, semanas y días preparatorios, llegaremos a nuestro turno al umbral de la muerte. Es la ley fatal, aceptada y prevista; tanto, que solemos dejarnos llevar placenteramente por la imaginación a ese momento, supremo entre todos, en que lanzamos el último suspiro. Pero entre el instante actual y esa postrera expiración, ¡qué de sueños, trastornos, esperanzas y dramas presumimos en nuestra vida! ¡Qué nos reserva aún esta existencia llena de vigor, antes de su eliminación del escenario humano! Es éste el consuelo, el placer y la razón de nuestras divagaciones mortuorias: ¡Tan lejos está la muerte, y tan imprevisto lo que debemos vivir aún! ¿Aún...?
No han pasado dos segundos: el sol está exactamente a la misma altura; las sombras no han avanzado un milímetro. Bruscamente, acaban de resolverse para el hombre tendido las divagaciones a largo plazo: se está muriendo. Muerto. Puede considerarse muerto en su cómoda postura. Pero el hombre abre los ojos y mira. ¿Qué tiempo ha pasado? ¿Qué cataclismo ha sobrevivido en el mundo? ¿Qué trastorno de la naturaleza trasuda el horrible acontecimiento?
Va a morir. Fría, fatal e ineludiblemente, va a morir.
El hombre resiste -¡es tan imprevisto ese horror!- y piensa: es una pesadilla; ¡esto es! ¿Qué ha cambiado? Nada. Y mira: ¿no es acaso ese el bananal? ¿No viene todas las mañanas a limpiarlo? ¿Quién lo conoce como él? Ve perfectamente el bananal, muy raleado, y las anchas hojas desnudas al sol. Allí están, muy cerca, deshilachadas por el viento. Pero ahora no se mueven... Es la calma del mediodía; pero deben ser las doce. Por entre los bananos, allá arriba, el hombre ve desde el duro suelo el techo rojo de su casa. A la izquierda entrevé el monte y la capuera de canelas. No alcanza a ver más, pero sabe muy bien que a sus espaldas está el camino al puerto nuevo; y que en la dirección de su cabeza, allá abajo, yace en el fondo del valle el Paraná dormido como un lago. Todo, todo exactamente como siempre; el sol de fuego, el aire vibrante y solitario, los bananos inmóviles, el alambrado de postes muy gruesos y altos que pronto tendrá que cambiar...
¡Muerto! ¿pero es posible? ¿no es éste uno de los tantos días en que ha salido al amanecer de su casa con el machete en la mano? ¿No está allí mismo con el machete en la mano? ¿No está allí mismo, a cuatro metros de él, su caballo, su malacara, oliendo parsimoniosamente el alambre de púa? ¡Pero sí! Alguien silba. No puede ver, porque está de espaldas al camino; mas siente resonar en el puentecito los pasos del caballo... Es el muchacho que pasa todas las mañanas hacia el puerto nuevo, a las once y media. Y siempre silbando... Desde el poste descascarado que toca casi con las botas, hasta el cerco vivo de monte que separa el bananal del camino, hay quince metros largos. Lo sabe perfectamente bien, porque él mismo, al levantar el alambrado, midió la distancia.
¿Qué pasa, entonces? ¿Es ése o no un natural mediodía de los tantos en Misiones, en su monte, en su potrero, en el bananal ralo? ¡Sin duda! Gramilla corta, conos de hormigas, silencio, sol a plomo... Nada, nada ha cambiado. Sólo él es distinto. Desde hace dos minutos su persona, su personalidad viviente, nada tiene ya que ver ni con el potrero, que formó él mismo a azada, durante cinco meses consecutivos, ni con el bananal, obras de sus solas manos. Ni con su familia. Ha sido arrancado bruscamente, naturalmente, por obra de una cáscara lustrosa y un machete en el vientre. Hace dos minutos: Se muere.
El hombre muy fatigado y tendido en la gramilla sobre el costado derecho, se resiste siempre a admitir un fenómeno de esa trascendencia, ante el aspecto normal y monótono de cuanto mira. Sabe bien la hora: las once y media... El muchacho de todos los días acaba de pasar el puente.
¡Pero no es posible que haya resbalado...! El mango de su machete (pronto deberá cambiarlo por otro; tiene ya poco vuelo) estaba perfectamente oprimido entre su mano izquierda y el alambre de púa. Tras diez años de bosque, él sabe muy bien cómo se maneja un machete de monte. Está solamente muy fatigado del trabajo de esa mañana, y descansa un rato como de costumbre. ¿La prueba...? ¡Pero esa gramilla que entra ahora por la comisura de su boca la plantó él mismo en panes de tierra distantes un metro uno de otro! ¡Ya ése es su bananal; y ése es su malacara, resoplando cauteloso ante las púas del alambre! Lo ve perfectamente; sabe que no se atreve a doblar la esquina del alambrado, porque él está echado casi al pie del poste. Lo distingue muy bien; y ve los hilos oscuros de sudor que arrancan de la cruz y del anca. El sol cae a plomo, y la calma es muy grande, pues ni un fleco de los bananos se mueve. Todos los días, como ése, ha visto las mismas cosas.
...Muy fatigado, pero descansa solo. Deben de haber pasado ya varios minutos... Y a las doce menos cuarto, desde allá arriba, desde el chalet de techo rojo, se desprenderán hacia el bananal su mujer y sus dos hijos, a buscarlo para almorzar. Oye siempre, antes que las demás, la voz de su chico menor que quiere soltarse de la mano de su madre: ¡Piapiá! ¡Piapiá!
¿No es eso...? ¡Claro, oye! Ya es la hora. Oye efectivamente la voz de su hijo... ¡Qué pesadilla...! ¡Pero es uno de los tantos días, trivial como todos, claro está! Luz excesiva, sombras amarillentas, calor silencioso de horno sobre la carne, que hace sudar al malacara inmóvil ante el bananal prohibido.
...Muy cansado, mucho, pero nada más. ¡Cuántas veces, a mediodía como ahora, ha cruzado volviendo a casa ese potrero, que era capuera cuando él llegó, y antes había sido monte virgen! Volvía entonces, muy fatigado también, con su machete pendiente de la mano izquierda, a lentos pasos. Puede aún alejarse con la mente, si quiere; puede si quiere abandonar un instante su cuerpo y ver desde el tejamar por él construido, el trivial paisaje de siempre: el pedregullo volcánico con gramas rígidas; el bananal y su arena roja: el alambrado empequeñecido en la pendiente, que se acoda hacia el camino. Y más lejos aún ver el potrero, obra sola de sus manos. Y al pie de un poste descascarado, echado sobre el costado derecho y las piernas recogidas, exactamente como todos los días, puede verse a él mismo, como un pequeño bulto asoleado sobre la gramilla -descansando, porque está muy cansado.
Pero el caballo rayado de sudor, e inmóvil de cautela ante el esquinado del alambrado, ve también al hombre en el suelo y no se atreve a costear el bananal como desearía. Ante las voces que ya están próximas -¡Piapiá!- vuelve un largo, largo rato las orejas inmóviles al bulto: y tranquilizado al fin, se decide a pasar entre el poste y el hombre tendido que ya ha descansado.